Comenzaré por donde mi memoria me lo permite, ya sabéis que los gatos tenemos una memoria muy selectiva. Pues bien corría el año 2001 cuando no sé de que forma ni manera aparecí en una bonita urbanización costera, recuerdo que me encontraba un poco pocho, sí, tenía una herida en la cabeza, no era importante pero sí molesta, en las patas también me había ocurrido algo, mi caminar desde entonces no fue como el de todos los felinos, caminaba raro y yo creo que algo de eso quizás fue debido a un golpe de un coche, estaba sucio y sin ganas de asearme, ¡ menudo asco de gato que estaba hecho ¡. Como ya les cuento rondaba una bonita zona llena de viviendas y potenciales dueños, o dueñas?, sí yo miraba a toda esa humanidad, ponía carita triste y me lamentaba de mi mala suerte. No tuve que esperar mucho hasta que una buena señora, de la que recuerdo sus pies regordetitos enfundados en unas sencillas zapatillas, me ofrecía una latita de carne especial para gatos, ¡ que placer ¡. Estaba tan rico que no dejaba de ir a esa puerta a pedir mi ración diaria, pero eso no era suficiente yo me daba cuenta que había tenido que vivir mejor, echaba de menos escarbar en mi higiénica cajita y también añoraba, pero mucho mucho, una cama grande para descansar, todo esos recuerdos estaban en mi memoria y debía seguir buscando todo lo que me faltaba. Recorría otras puertas y otras personas para dar algo más de pena, un serio señor con zapatos de material marrón me traía por las tardes un cuenco con leche, ¡ estaba rica ¡, mi dieta comenzaba a ser variada. Caminaba arriba y abajo, a veces me asomaba a la piscina y veía como habían otros gatos callejeros, ¡ de baja estofa ¡, no me juntaría con ellos, yo pertenecía a otro sector de la población gatuna. El verano se acercaba y no me apetecía quedar por los pasillos pasando calor y cualquiera sabe que otra inclemencia. La pata trasera me seguía molestando y uno de mis ojos no paraba de lagrimear, estaba claro que necesitaba encontrar otros piecesitos que me ampararan. Mi sitio favorito era agazapado detrás de unas margaritas, siempre me gustaron los jardines, desde ese lugar observaba muy bien los pies de mis posibles víctimas, y una tarde al ver pasar unos bonitos zapatos de tacón me atreví a seguirlos, subí los escalones pero cuando fui a entrar en la vivienda, plaf¡¡, me encontré con la puerta, -¡pues menuda la hemos liado¡, no me dejan entar-. Mientras tanto seguí dando pena y comiendo carne y bebiendo leche. Esas personas no eran muy pesadas, no me tocaban y yo lo agradecía. Pero volviendo a la otra vivienda, recuerdo que algo me gustó del lugar, se olía a un can ladrador, luego vi que era una perrita pequeña pero chillona, no parecía mala pero ella era la reina del lugar, así que tendría que jugar bien mis cartas para hacerme querer. Decidí montar guardia en la puerta, procuraba que me vieran allí tiradito, con los ojos lánguidos y la mirada perdida, como un vulgar gato callejero desvalido, - ese truco nunca falla-. No tardaron en ponerme un cuenco con pienso, -vaya, pensé yo en esta casa van de saludable-. Bueno en pocos días ya tenía un cuenco con comida seca, agua y hasta una camita para dormir ¡ que más podía pedir ¡. Pues sí podía pedir una camaaaaaa, quería dormir en una cama, un mullido sofá y una higiénica cajita wc.

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